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SHOW O REALIDAD ELECTORAL

"Las elecciones no enfrentan candidatos; enfrentan los valores que estamos dispuestos a defender y las consecuencias que estamos dispuestos a aceptar."

Hemos escuchado que las diferencias son legítimas, que se puede convivir haciendo uso de la paciencia y el respeto por los demás, incluso por su forma de defender hasta lo irracional. ¿Será eso legítimo? ¿Defender lo que vulnera los cimientos de la sociedad, el respeto hacia el otro y la concepción de un país en el que continúe la inequidad[1]; un país en el que la fantochería sea la respuesta a las problemáticas reales que dejan a millones en la pobreza y la exclusión?


Bueno, eso es lo que vivimos cada cuatro años con las elecciones presidenciales: la lucha entre dos formas de entender la vida, los valores, el territorio y, en última instancia, el futuro de una de las naciones más ricas del planeta. Y digo nación y no patria, porque esta última fue defendida por los libertadores del siglo XIX; aquellos que permitieron redefinir la identidad, los símbolos y las fronteras, y que aglutinaron de alguna forma las diferencias en una nación.


Por cierto, ideas de izquierda prevalecieron en ese proceso fundacional, ideas bolivarianas[2] que con el tiempo se diluyeron entre avaricias capitalistas y procesos de concentración de la riqueza, abrazados por modelos federalistas. No es nada nueva esa lucha de clases que llega hasta hoy y que manchó de conflictos todo el siglo XX.


Hace cuatro años, la disyuntiva estaba representada por un anciano outsider que buscó la fama dando “cachetadas” a sus oponentes políticos (quienes tenían la razón). Algunos le decían el “ingeniero”, denigrando la profesión, porque la ingeniería, como todas las profesiones, requiere la práctica de la ética. Ya sabemos cómo terminó esa decisión. Estuvo cerca de alcanzar el solio de Bolívar y meses después fue condenado por corrupción en el sonado caso Vitalogic. Es decir, se quería elegir a un corrupto como presidente[3].


Por otro lado, estaba el progresismo representado por un integrante de una guerrilla y exsenador, defensor de los principios de la equidad, el respeto por la naturaleza y la inclusión social. Nada perfecto, por supuesto. Su pasado guerrillero no permitió que se escuchara plenamente su discurso ni que diera tranquilidad a las élites que se opusieron de forma acérrima a todas y cada una de las reformas sociales planteadas, aunque fueran necesarias.


En el actual Gobierno, a pesar de la incendiaria y desleal oposición, desbordada de resentimiento y proteccionismo económico, fue capaz de despertar un sentimiento de equidad entre los menos favorecidos, esa Colombia profunda que no sale en las pantallas de televisión, y de centrar parte de su discurso en las conquistas sociales para buscar algo de equidad en uno de los países más desiguales de América Latina. Esa desigualdad es producto de décadas de gobernabilidad de las derechas, arropadas por políticas extranjeras que asumimos como propias por arrogancias hegemónicas, que han llevado a la concentración de la riqueza, a la falta de oportunidades, a la proliferación de economías ilegales y al conflicto permanente.


Ese Gobierno termina con varios sinsabores: integrantes de su equipo salpicados por la corrupción, pocos resultados en la construcción de un acuerdo nacional para lograr la tan anhelada Paz Total y un crecimiento de la deuda pública para financiar programas orientados a los sectores más vulnerables. Sin embargo, hay cifras que no pueden dejarse pasar[4]. La pobreza multidimensional se redujo al 9,9 % y el desempleo cerró en 8,9 %, cifras que muestran avances sociales importantes. A ello se suman la ampliación de la gratuidad en la educación superior pública y una agenda que ha buscado fortalecer la protección ambiental[5].


En estas elecciones nos enfrentamos a algo parecido: entre un abogado que dice representar la extrema derecha, que disfruta la confrontación permanente, que no demuestra mayor interés por las agendas ambientales, de género o de diversidad; que mantiene cuestionamientos sobre sus relaciones políticas y éticas y que propone un capitalismo a ultranza. Sin mencionar los casos de misoginia, la promulgación de exterminar al oponente político o incentivar el fracking: a lo que dé”, en uno de los países más recursos hídricos del planeta. Todo ello envuelto en un show mediático que tanto gusta en ciertos sectores de una sociedad permeada por la violencia y la corrupción y las herencias mafiosas. Esta se opone a otra visión de país que reivindica la inclusión, los derechos humanos, la búsqueda de la equidad y la protección de la naturaleza.

Algo debe pasarnos como sociedad para simplemente considerar una opción posible de gobierno enmarcada en esa concepción moral de destrucción de la institucionalidad y del medioambiente como lo propone el candidato de la derecha. Pero ahí están los serviles liberales, conservadores, sectores de extrema derecha y algunos que dicen ser de centro, haciendo lo posible para que esa persona, sin experiencia significativa en la administración del Estado, sea coronada como el “reyezuelo de este platanal”. Sociedad que no se cansa de sufrir sus indecisiones y que se deja comprar por la parranda, los tamales y la falta de criterio que seguramente es resultado de la inequidad educativa, haciendo al colombiano, como decía Borges. “un acto de fe”.


En contraste, el progresismo presenta un candidato, lejos de la perfección, pero con una hoja de vida fortalecida por su formación profesional, por la defensa de los derechos humanos, por su trabajo legislativo y por haber contribuido a la revelación de hechos de corrupción que involucraron a expresidentes condenados. Una persona que no habla de destruir a la oposición sino de garantizar los derechos de participación, el respeto por la naturaleza, la búsqueda de la equidad, el respeto a las minorías, la lucha sistémica contra la corrupción, la defensa de la propiedad privada, la salud y la educación públicas, la reforma agraria y la implementación del Acuerdo de Paz, entre otras.


Para un sector de la sociedad, todas esas propuestas —que en última instancia son ideales o valores deseables— no son viables. Consideran que van en contra del crecimiento económico, del capital, de la industrialización y de la propiedad privada. Es decir, afectan intereses particulares y no necesariamente intereses de nación.


Analizando únicamente las propuestas ambientales incluidas en los planes de gobierno[6] de ambos candidatos, se puede concluir que la discusión gira alrededor de dos visiones: una asociada al extractivismo, la flexibilización institucional (reducción de entidades del estado), el control territorial a ultranza y la concentración de capital; y otra en la protección de la naturaleza, la priorización del agua, el fortalecimiento de la institucionalidad y la garantía de derechos para los activistas ambientales.


Ad portas de las próximas elecciones presidenciales, no estamos enfrentados únicamente a dos modelos de pensamiento político, sino a una discusión sobre valores. Sobre qué tipo de sociedad queremos construir. Una sociedad que puede perpetuar la inequidad, el irrespeto por la vida y las diferencias, o una que intente reducir esas brechas.

Retomando el comienzo de este escrito, hemos escuchado que las diferencias pueden ser positivas, pero solo cuando son valoradas y respetadas, y cuando sirven para generar consensos. De lo contrario, se convierten en una lucha de clases que margina el desarrollo y busca la colonización ideológica y social del oponente.


Seguramente gane quien gane, buscaremos la manera de convivir con vecinos, conocidos o desconocidos. A pesar de que uno ya sabe quiénes son, qué piensan y con cuáles valores se identifican. Qué difícil es eso, pero es una acto de raciocinio necesario para defender las “libertades”, pero no debemos engañarnos, porque hoy la sociedad puede estar mejor ilustrada sobre los procesos que generan desigualdad y hará lo pertinente para generar los contrapesos necesarios que la busquen.


Cómo cuesta entender que se está rodeado de personas a quienes les gusta el show, la mediocridad intelectual reflejada en el imperialismo y el exterminio de ideas, los extremismos y la fractura de valores como pueden ser el respeto por los demás y por la naturaleza. Por eso, poco a poco, se hace necesario ubicarse en la orilla que consideramos correcta, por tranquilidad y por apoyo a esa tribu que es la familia y las relaciones sociales cercanas, aunque no es lo deseable, por un momento es indispensable, y luego no perder la visión de nación, eso de llamar a la tribu, como lo planteaba Mario Vargas Llosa[7] invitando a reflexionar sobre aquello que nos une como sociedad y sobre la necesidad de no dejarse llevar por el espejismo de los grupos afines a ciertos principios fundamentales para habitar un planeta amenazado por la avaricia desmedida y la concentración de la riqueza.


Se debe buscar la manera de encontrar consensos con vecinos, familiares y amigos, haciendo pedagogía, no para borrar creencias, sino para mostrar consecuencias y ofrecer argumentos sobre lo que  podemos considerar mejor para nuestro territorio y nuestro entorno social y económico.


Claro está que se deben conciliar las ideologías de alguna forma. Pero lo más difícil estará en nosotros mismos, en comprender cómo alguien que trabaja en una entidad social, por ejemplo, puede defender el capitalismo a ultranza, o quien desarrolla actividades en favor del medio ambiente puede elegir propuestas que favorecen el fracking o consideran que los humanos somos los dominadores absolutos de los paisajes, los ríos, los animales y la tierra.


El reto no es el de defender la patria ni siquiera la nación. El reto está en construir desde las diferencias, entendiendo las consecuencias de las políticas que proponen cada modelo y el futuro que a mediano plazo pueden tener esas decisiones. Sólo basta recordar políticas tas nefastas como la revolución verde, la aplicación de herbicidas e insecticidas, los subsidios a los combustibles fósiles o los subsidios a la deforestación, entre otros, para mirar la orilla que se debe elegir.


Por ahora la orilla adecuada, como campesino, egresado de universidad pública y formado en ciencias ambientales; alguien a quien le ha costado generar capital por las desigualdades sociales y que conoce el país porque lo ha caminado, es la de no espaldar los antivalores de la inequidad, la primacía absoluta del capital y el irrespeto por la educación pública, las instituciones ambientales y, sobre todo, por el medio ambiente.

Ya miraremos qué decisión toma esa mayoría que participará y la que no participa, y que tendremos que asumir el próximo fin de semana. Pero no lo duden: es necesario seguir aportando desde nuestra orilla a la construcción de organización y trabajo social, es decir, defendiendo este terruño que la naturaleza nos dio y no permitir que los shows pasajeros y descarados limiten las libertades y el bienestar de las inmensas minorías.

 

Nota: Opiniones personales que no compromete a ninguna entidad que tenga relación directa o indirectamente con el autor.


[1] Banco Mundial. (2024). Poverty and Equity Brief: Colombia. Washington D.C.

[2] Lynch, J. (2006). Simón Bolívar: A Life. Yale University Press.

[3] El País. (13 de junio de 2024). Rodolfo Hernández, el candidato presidencial que prometía luchar contra la corrupción, condenado a 64 meses de cárcel por celebración indebida de contratos.

 [4] El País. (30 de enero de 2026). El desempleo en Colombia logra sus mínimos en lo que va del siglo al sellar 2025 en 8,9 %.

[5] Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). (2025). Pobreza multidimensional 2024. Bogotá, Colombia. Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). (2026). Índice de Pobreza Multidimensional 2025. Bogotá, Colombia.

[7] El llamado de la tribu. Vargas Llosa, M. (2018). El llamado de la tribu. Alfaguara.


 

 
 
 

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